““Y me daba la sensación de que, aunque lo contemplara desde cierta distancia, observar el mar siempre me enseñaba alguna cosa. Puede que hasta entonces no me hubiera percatado de su presencia ni del rumor incesante del oleaje, pero en aquella época empecé a preguntarme a qué recurriría la gente de la ciudad para recuperar la calma y el equilibrio. Seguramente a la luna. Con todo, a diferencia del mar, la luna se me antojaba muy pequeña y lejana y no creía que fuera a resultarme de mucha ayuda…””